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Ficcion
Sobre los Aztecas Los aztecas son un regalo para el escritor de novelas de crimen. Una gente cuya vida era ordenada (no puede haber crimen a menos que hayan leyes que violar), pero cuya actitud acerca de la vida y muerte estaba completamente en desacuerdo con la nuestra. Ellos tenían una sociedad que permitía la violencia y los sacrificios como algo normal. ¿Qué se dice de la violencia que no estaba permitida?. ¿Es que los aztecas mataban porque tenían poco respeto por la vida humana?. O al contrario, ¿lo hicieron porque la sangre humana era un regalo de mucho valor para los dioses y no debía derramarse negligentemente?. No encuentro ninguna forma más placentera para explorar estas preguntas, que a través del crimen ficción.
La separación que existe entre los aztecas y nosotros incluye no solamente sus alrededores físicos sino que también su forma de vida. Centroamérica, al principio del siglo XVI vio una rica mezcla de gentes luchando entre sí por el más variado paisaje sobre la tierra - desde los mayas, cuyas ciudades estaban esparcidas por todas las junglas húmedas y calurosas cerca del mar, hasta los aztecas mismos y sus vecinos, a siete mil pies de altura en las montañas. Estas gentes produjeron preciosas obras de arte y poesía. Construyeron grandes ciudades y levantaron monumentos inmensos. Utilizaron con ingenio su tierra, a menudo pobre y escasa, para producir una dieta asombrosamente variada. En muchas formas, desde la medicina empírica e higiene personal a la enseñanza primaria, algunas sociedades centroamericanas le llevaban la delantera a los europeos contemporáneos. Sin embargo, les faltaban la rueda y el arado y sus herramientas eran hechas de pedernal y obsidiana. Sus religiones, que incluían: supersticiones, magia, chamanismo y la creencia en una desconcertante variedad de dioses, exigían, en muchos casos, sacrificios humanos e ingestión del sacrificado.
A principios de los años 1500, toda faceta de vida en Centroamérica se encontraba, más visible que nunca, en un lugar: México-Tenochtitlán, la capital del imperio azteca. La ley y la religión gobernaban las vidas de los aztecas, pero por debajo habían tensiones. Habían tensiones entre los plebeyos y los nobles, indistinguibles no tan lejanamente pero ahora separados por el cumplimiento estricto de leyes suntuarias. También habían tensiones entre los guerreros quienes estaban celosos de las riquezas de los comerciantes y los comerciantes, muy deseosos de gozar de los privilegios de los guerreros; y entre México-Tenochtitlán y sus vecinos, incluyendo aún el propio distrito norte de la capital, Tlatelolco, tomado por la fuerza tan tempranamente como 1473. Sobre todo, asomaba la amenaza poco comprendida del hombre blanco.
Naturalmente, escribir sobre el pasado siempre crea problemas, algunos de ellos son característicos de los aztecas. Sorprendentemente, los detalles de sus vidas son a menudo poco conocidos. Hay muy pocas fuentes de información para el período que precede a la conquista y a veces existen contradicciones entre unas y otras fuentes. Hay huecos que un historiador vacilaría en completar, pero que el novelista tiene que llenar. Cuando hay más de una interpretación válida de los hechos, el novelista tendrá que escoger una de ellas sin titubeos. Como escribo para distraer, no para educar, es más probable que elija la versión que se acople más a mi narración en lugar de escoger la versión más probable; pero intento evitar tomarme libertades absolutas.
¡Y ahora los nombres!. Cuando comencé a escribir “Demonio del Aire”, busqué con tesón nombres auténticos aztecas para mis personajes a quienes les di nombres en su lengua nativa, el náhuatl. Sin embargo, mi agente y mi redactor me dijeron que los lectores se iban a desanimar por esos nombres ‘trabalenguas’, como por ejemplo: ‘Tlilpotonqui’ y ‘Miahuaxihuitl’. Incluso su traducción resultó ser problemática, ya que me indicaron que esto haría que mi libro se leyera como una obra de fantasía. No ayuda el hecho de que la mayoría de los aztecas se ponían el nombre de su fiesta onomástica, utilizando solamente aquellos días que se consideraban de buena suerte. En la realidad, muchas personas corrientes podrían tener el mismo nombre. Puedo imaginarme a los lectores hastiándose, tratando de adivinar cuál “Una Flor” era el asesino y cuál era la víctima ... Así es que decidí darles los sobrenombres que ellos mismos se hubieran dado.
Finalmente, las costumbres sangrientas que ayudaron a hacer de esta una sociedad tan intrigante, pueden también hacer que lo que se escriba sobre la misma sea difícil de aceptar por el lector. Este es un problema universal y creo que ningún autor nunca podrá resolverlo en forma completa y satisfactoria. Los aztecas son difíciles de describir en las novelas, precisamente, porque sus actitudes hacia las cosas que son de importancia para todas las demás gentes, tales como el sexo, la muerte, la naturaleza, el poder y las riquezas, fueron tan diferentes a las nuestras. Todos los escritores de novelas históricas tienen que crear personajes con los que los lectores modernos puedan identificarse, y cuyos motivos, deseos y susceptibilidades ellos puedan comprender. Aunque pudiera escribir una novela sobre personas que siguieran el mismo comportamiento de los nativos americanos de hace quinientos años, dudo que ésta despertaría interés entre los lectores del siglo XXI. Un azteca verdadero en la posición de Yaotl (aún cuando le faltara el “Corazón de Piedra” que sus contemporáneos consideraban como ideal) hubiera estado mucho menos preocupado por la suerte de las víctimas de crimen que él encontrara, de lo que mi personaje se preocupa. Inevitablemente hay que llegar a una forma de solución intermedia y si Yaotl junto con sus amigos y enemigos hablan, actúan y piensan un poco como los habitantes de Londres moderno, ello no es completamente accidental.
Lo que espero poder hacer es arrojar un poco de luz (sin ser menos halagüeño) sobre tan extraordinaria gente y disfrutar contando un buen cuento. |